Anahí Flores

Poesía

Sin embalar, Kintsugi Editora, 2019.

Contratapa de Eugenia Zicavo

En “Sin embalar”, Anahí Flores captura esas sensaciones que todos alguna vez transitamos, tanto en mudanzas como en separaciones: el duelo, la pena, pero también la oferta tácita de empezar de nuevo. En sus versos aparece la ambivalencia de lo que se gana y lo que se abandona; de lo que se añora, pero ya no se desea. Sus poemas se detienen en detalles chiquitos, pequeños objetos, manchas. El viaje en ascensor con un vecino, la aparición de un insecto o un juego de llaves con menos peso congela minutos cotidianos, en apariencia inocuos y, al mismo tiempo, repletos de posibilidades. La vida nueva que se sabe en suspenso -no ya, no ahora- pero segura. Un mundo en el que la pérdida se amarra fuerte a la promesa.

Quizá en otro momento, Halley Ediciones, 2019.

Estos poemas nacieron de escucharlo hablar a Fabián Casas, de las respuestas que dan las editoriales, de comentarios que si uno escribe, suele recibir. Jorge Aulicino dijo por mail: …el libro es muy bueno y no veo nada que yo dijese le sobra o le falta. Es un libro muy convincente, un libro documento -la ficción del documento, se entiende-. Y Andrés Neuman, también vía mail: Me encanta la idea de los rechazos editoriales como objeto finalmente editorial. Hay ahí una linda broma de vanguardia: lo rechazado aceptado, lo impublicable editado, lo negativo reafirmado. Es una fórmula muy seductora desde cualquier punto de vista. Como cierre, la editora dijo: … es un libro necesario, me tocó como autora, como profe y como editora. Es una decisión fuerte editarlo, y asumo lo que tenga que asumir.

Ciertas horas de la primavera, La Carretilla Roja, 2017.

Contratapa de Jorge Aulicino.

Como si trataran de atrapar una sincronicidad jungueana, estos poemas obran a veces como estampas móviles, en tres dimensiones y a veces en cuatro. Se trata de una recreación de detalles que puede evocar para el lector lo que afirmaba Carl Jung respecto del momento sincrónico: absolutamente todo lo que sucede en un instante tiene la índole peculiar de ese instante. De aquí, en dos brazadas estamos en el satori o epifanía, según uno sea budista o cristiano o crea en una realidad que, según nos paramos a mirarla, se hace más cierta y más extraña. Las cosas, los acontecimientos que viven personas desconocidas, el paisaje: nada está quieto y a la vez cada detalle forma parte de la misma unidad cambiante: la hora que marca el reloj, los números, los pasos, las luces, las ventanas de un bar, las caídas, las palomas, los olores, el aire del subte o de las calles. El registro de Ciertas horas de la primavera juega a que se produzca, al mirar de nuevo la imagen que fijó una cámara, la aparición de pormenores que no tuvimos en cuenta, siluetas, objetos, sombras o reflejos que nos hablan de que este mundo no es uno y unívoco. Hay otros en él.

Se durmió y otros poemas, Bajo la Luna, 2015.

El libro Se durmió y otros poemas recibió el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2014. Diana Bellessi, Laura Wittner y Fabián Casas fueron los jurados del concurso y dictaminaron que “como en todos los buenos autores, no se puede disociar su técnica de su metafísica. Anahí Flores nos impacta por el corte preciso de los versos y la mirada lateralizada sobre un hecho común e intenso como es cuidar a un hijo pequeño en medio de la vigilia fría y el cansancio”.

Catalinas Sur, Eloisa Cartonera, 2012.

Prólogo de Andrés Neuman.

Como si trataran de atrapar una sincronicidad jungueana, estos poemas obran a veces como estampas móviles, en tres dimensiones y a veces en cuatro. Se trata de una recreación de detalles que puede evocar para el lector lo que afirmaba Carl Jung respecto del momento sincrónico: absolutamente todo lo que sucede en un instante tiene la índole peculiar de ese instante. De aquí, en dos brazadas estamos en el satori o epifanía, según uno sea budista o cristiano o crea en una realidad que, según nos paramos a mirarla, se hace más cierta y más extraña. Las cosas, los acontecimientos que viven personas desconocidas, el paisaje: nada está quieto y a la vez cada detalle forma parte de la misma unidad cambiante: la hora que marca el reloj, los números, los pasos, las luces, las ventanas de un bar, las caídas, las palomas, los olores, el aire del subte o de las calles. El registro de Ciertas horas de la primavera juega a que se produzca, al mirar de nuevo la imagen que fijó una cámara, la aparición de pormenores que no tuvimos en cuenta, siluetas, objetos, sombras o reflejos que nos hablan de que este mundo no es uno y unívoco. Hay otros en él.

Limericks cariocas, Caki Books, 2011.

Contratapa de Ariel Bermani

Los Limericks cariocas de Anahí Flores nos invitan a recorrer distintos barrios de Río de Janeiro y a conocer a sus personajes. Con la cadencia que proporciona este formato poético, el Limerick -cinco versos y un esquema de rima muy preciso: riman el primer verso, el segundo y el quinto, por un lado; y el tercero y el cuarto, por el otro-, y con ilustraciones de Lucía Miranda, los poemas de Anahí Flores tienen la particularidad de envolvernos con un lenguaje suave, casi infantil. Cada texto narra una historia, pero el conflicto que nos presenta queda en segundo plano, por más que se trate de la pérdida de memoria de un pueblo o de una señora muy mala que llena la vereda con avellanas para que la gente se tropiece y se caiga: lo que aparece en primer plano, palpable y sólido, es la fiesta del lenguaje, lo lúdico, el humor. Estos poemas, además de narrar en apenas cinco versos una historia o de presentar un personaje, nos dejan una sensación agradable: tal vez sea por su frescura y por su combinación musical. Tal vez porque se trata de pequeñas piezas jugosas.

Cuento

Lo más natural del mundo, Desde la Gente, 2019.

Contratapa de Luis Mey.

Todo cuento persigue una conversación muda con los lectores. Esa rebeldía fabulosa que implica decir sin decir confiando en que del otro lado asentirán porque sí, la cosa estuvo ahí, se transmitió lo callado. Todo cuento persigue una mitología sin que –la autora en este caso– acuda a la señalización explícita de ella. Pequeñas circunstancias que hablan de todos sin nombrarnos y que hablan de nuestros lugares sin expropiarnos. Siempre creí que a la literatura se le debe faltar el respeto, y creo importantísimo para ello que la cuestión se centra en saber que uno es un escritor de su tiempo, sea cual sea el tiempo que el espíritu del autor crea que posee. Anahí me llevó por campings, correos, islas, caminos perdidos: todas alrededor de vínculos espontáneos o putrefactos, a punto de morir, de camuflarse o de reformularse. Principios y finales en las vidas de personas que actúan delante de nuestros ojos y que, en el raid, pasan de largo.

Criaturas, Alto Pogo, 2018.

Contratapa de Yair Magrino.

Los cuentos que componen Criaturas están construidos sobre el extrañamiento. Un extrañamiento que se manifiesta de un modo sutil. Anahí Flores desliza pistas, como finas estocadas, que transforman las presunciones del lector. ¿Y qué más fascinante que la duda sobre nuestros paradigmas y, en definitiva, sobre nosotros mismos? En esa exploración sobre lo extraño, lo fuera de lugar, la autora nos enfrenta a escenarios en los que la tensión alcanza el paroxismo. Nos interpela desde la incomodidad de situaciones dislocadas que nos recuerdan la sucesión de acontecimientos oníricos de las mejores obras de Alfred Jarry, una vorágine hipnótica en la que no hay lugares seguros. Todo debe ser repensado a la luz de lo imprevisible, de la aparición de elementos que rozan lo fantástico. En estas Criaturas de Anahí Flores resuenan Sara Gallardo, J.D. Salinger, Inés Garland. Criaturas que nos muestran los dientes o nos exponen ante la inocencia y la ternura. Y, sobre todo, que nos sorprenden desde ángulos impensados.

Todo lo que Roberta quiere, Textos Intrusos, 2013

Algunas cosas que Roberta quiere, prólogo de Ariel Bermani

Roberta quiere respirar el aire de montaña. Quiere caminar durante todo el día, atravesando los caminos que van desde la tierra al cielo. O, para decirlo de otra manera, de un modo más sutil, desde el pie hasta la cima de la montaña. Roberta quiere conversar con sus ocasionales compañeros de ruta y, por supuesto, conversar también con el compañero que eligió para todos sus días. Dormir con él. Despertarse con él. Subir, con él, por los peldaños, por los pliegues, y sentir, en el paladar, el sabor de la aventura. A diferencia de Bertold Brecht, Roberta no piensa que, si consideramos los obstáculos, la distancia más corta entre dos puntos puede ser la línea sinuosa. En su camino de ascenso por la montaña los obstáculos no tienen importancia. O tienen una importancia menor. Detrás de Roberta está Anahí Flores, la autora de estos relatos de andinistas que nos seducen y nos invitan a leer, de punta a punta, el libro entero, deslizándonos entre los cuentos, sin interrupciones. La prosa de Anahí se caracteriza, entre otras cosas, por generar una sensación de bienestar. Un interesante plan de lectura, que también es, en definitiva, un plan -un proyecto, un desafío- de vida. Entre tanta inestabilidad a la que estamos acostumbrados y esa sensación de asunto provisorio que tiene la realidad, la escritura de Anahí Flores y, en este caso, su alter ego de la montaña, Roberta, nos brinda la posibilidad de conocer un conjunto de personajes felices.

Infantil

El crujido de las hojas, edición de las autoras,
con ilustraciones bordadas de Patricia Weber.

Contratapa de Franco Vaccarini

Sofía no para de soñar y de olvidar. Cada mañana abre los ojos y las imágenes se esfuman. Como una buena investigadora, decide mantenerse despierta mientras sueña. El plan es sencillo y ambicioso: traer una prueba. Un recuerdo. No será fácil torcer la voluntad de una niña sin miedo a visitar, en estado de vigilia, regiones desconocidas. Pero no irá sola: el lector, cautivado por la cadencia embrujadora de las palabras, viajará con ella. El crujido de las hojas es un sueño hecho cuento que no se dejará olvidar.

Compilaciones

Basura, Desde la gente, 2020.

Contratapa de Carlos Chernov

“Si está en el piso es basura”, dice en uno de los cuentos una madre desbordada por la cantidad de hijos. Me recuerda una definición clásica de basura: materia en el lugar equivocado. Los carteles con los que uno se topa en los parques nacionales lo confirman: “Esta montaña no necesita nada de lo que usted trae”. Por el contrario, aunque el estiércol sea algo sucio, esparcido en un campo de cultivo no se le considera basura. Como todas las reglas, esta definición tiene sus excepciones: un diamante en un tacho de basura ¿es basura? En un cuento la acumulación de residuos demanda trucos ingeniosos para desprenderse de ellos. En otro, una púber hace una rabieta porque no le permiten ver el resultado de una competencia de juntar basura en la playa. A veces la basura es metáfora de un derrumbe. Una montaña de cajas llenas de cosas inútiles habla de la agonía de un amor en decadencia; una separación puede reducir una vida a escombros. No solo las cosas, también las personas pueden convertirse en basura. En uno de los relatos una mujer frustrada se defiende: “Mi vida no fue un desperdicio”. En otro, una joven rechaza una situación erótica no deseada para no transformarse en un desecho.

Bailarinas, Desde la Gente, 2018.

Contratapa de Elvio E. Gandolfo

En general cuando se trata de ballet uno convoca imágenes de cuerpos en el aire, de saltos difíciles, de puntas de pie, de música clásica o moderna generalmente culta, de belleza. Pero en estos diez cuentos los autores se internan sobre todo en las academias, en los ensayos, en los rencores de hermanas o amigas, en las envidias, en las tensiones de los músculos, del cuerpo. La mallas y zapatillas no sólo encierran carne de bailarinas: también una hoja de afeitar, o vidrio molido. Una bailarina triunfal se retira a los 39 años, otra mujer, que ha dejado atrás sus ilusiones, se sienta en una plaza y descubre que a ella también la alcanzó, tal vez más duramente, el Tiempo. El lenguaje hablado es variado, incluso vulgar, agresivo, supuestamente canchero. A medida que la lectura avanza uno descubre no sólo que escribir de ballet también es escribir sobre el mundo. Ocurre que eso, que es un arte, también tiene mucho de deporte de riesgo. Son cuentos de bailarinas, sí, pero también podrían ser, por la intensidad y la violencia, desplegada o reprimida, cuentos de boxeo.

Poesía

Sin embalar, Kintsugi Editora, 2019.

Contratapa de Eugenia Zicavo

En “Sin embalar”, Anahí Flores captura esas sensaciones que todos alguna vez transitamos, tanto en mudanzas como en separaciones: el duelo, la pena, pero también la oferta tácita de empezar de nuevo. En sus versos aparece la ambivalencia de lo que se gana y lo que se abandona; de lo que se añora, pero ya no se desea. Sus poemas se detienen en detalles chiquitos, pequeños objetos, manchas. El viaje en ascensor con un vecino, la aparición de un insecto o un juego de llaves con menos peso congela minutos cotidianos, en apariencia inocuos y, al mismo tiempo, repletos de posibilidades. La vida nueva que se sabe en suspenso -no ya, no ahora- pero segura. Un mundo en el que la pérdida se amarra fuerte a la promesa.

Quizá en otro momento, Halley Ediciones, 2019.

Estos poemas nacieron de escucharlo hablar a Fabián Casas, de las respuestas que dan las editoriales, de comentarios que si uno escribe, suele recibir. Jorge Aulicino dijo por mail: …el libro es muy bueno y no veo nada que yo dijese le sobra o le falta. Es un libro muy convincente, un libro documento -la ficción del documento, se entiende-. Y Andrés Neuman, también vía mail: Me encanta la idea de los rechazos editoriales como objeto finalmente editorial. Hay ahí una linda broma de vanguardia: lo rechazado aceptado, lo impublicable editado, lo negativo reafirmado. Es una fórmula muy seductora desde cualquier punto de vista. Como cierre, la editora dijo: … es un libro necesario, me tocó como autora, como profe y como editora. Es una decisión fuerte editarlo, y asumo lo que tenga que asumir.

Ciertas horas de la primavera, La Carretilla Roja, 2017.

Contratapa de Jorge Aulicino.

Como si trataran de atrapar una sincronicidad jungueana, estos poemas obran a veces como estampas móviles, en tres dimensiones y a veces en cuatro. Se trata de una recreación de detalles que puede evocar para el lector lo que afirmaba Carl Jung respecto del momento sincrónico: absolutamente todo lo que sucede en un instante tiene la índole peculiar de ese instante. De aquí, en dos brazadas estamos en el satori o epifanía, según uno sea budista o cristiano o crea en una realidad que, según nos paramos a mirarla, se hace más cierta y más extraña. Las cosas, los acontecimientos que viven personas desconocidas, el paisaje: nada está quieto y a la vez cada detalle forma parte de la misma unidad cambiante: la hora que marca el reloj, los números, los pasos, las luces, las ventanas de un bar, las caídas, las palomas, los olores, el aire del subte o de las calles. El registro de Ciertas horas de la primavera juega a que se produzca, al mirar de nuevo la imagen que fijó una cámara, la aparición de pormenores que no tuvimos en cuenta, siluetas, objetos, sombras o reflejos que nos hablan de que este mundo no es uno y unívoco. Hay otros en él.

Se durmió y otros poemas, Bajo la Luna, 2015.

El libro Se durmió y otros poemas recibió el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2014. Diana Bellessi, Laura Wittner y Fabián Casas fueron los jurados del concurso y dictaminaron que “como en todos los buenos autores, no se puede disociar su técnica de su metafísica. Anahí Flores nos impacta por el corte preciso de los versos y la mirada lateralizada sobre un hecho común e intenso como es cuidar a un hijo pequeño en medio de la vigilia fría y el cansancio”.

Catalinas Sur, Eloisa Cartonera, 2012.

Prólogo de Andrés Neuman.

Como si trataran de atrapar una sincronicidad jungueana, estos poemas obran a veces como estampas móviles, en tres dimensiones y a veces en cuatro. Se trata de una recreación de detalles que puede evocar para el lector lo que afirmaba Carl Jung respecto del momento sincrónico: absolutamente todo lo que sucede en un instante tiene la índole peculiar de ese instante. De aquí, en dos brazadas estamos en el satori o epifanía, según uno sea budista o cristiano o crea en una realidad que, según nos paramos a mirarla, se hace más cierta y más extraña. Las cosas, los acontecimientos que viven personas desconocidas, el paisaje: nada está quieto y a la vez cada detalle forma parte de la misma unidad cambiante: la hora que marca el reloj, los números, los pasos, las luces, las ventanas de un bar, las caídas, las palomas, los olores, el aire del subte o de las calles. El registro de Ciertas horas de la primavera juega a que se produzca, al mirar de nuevo la imagen que fijó una cámara, la aparición de pormenores que no tuvimos en cuenta, siluetas, objetos, sombras o reflejos que nos hablan de que este mundo no es uno y unívoco. Hay otros en él.

Limericks cariocas, Caki Books, 2011.

Contratapa de Ariel Bermani

Los Limericks cariocas de Anahí Flores nos invitan a recorrer distintos barrios de Río de Janeiro y a conocer a sus personajes. Con la cadencia que proporciona este formato poético, el Limerick -cinco versos y un esquema de rima muy preciso: riman el primer verso, el segundo y el quinto, por un lado; y el tercero y el cuarto, por el otro-, y con ilustraciones de Lucía Miranda, los poemas de Anahí Flores tienen la particularidad de envolvernos con un lenguaje suave, casi infantil. Cada texto narra una historia, pero el conflicto que nos presenta queda en segundo plano, por más que se trate de la pérdida de memoria de un pueblo o de una señora muy mala que llena la vereda con avellanas para que la gente se tropiece y se caiga: lo que aparece en primer plano, palpable y sólido, es la fiesta del lenguaje, lo lúdico, el humor. Estos poemas, además de narrar en apenas cinco versos una historia o de presentar un personaje, nos dejan una sensación agradable: tal vez sea por su frescura y por su combinación musical. Tal vez porque se trata de pequeñas piezas jugosas.

Cuento

Lo más natural del mundo, Desde la Gente, 2019.

Contratapa de Luis Mey.

Todo cuento persigue una conversación muda con los lectores. Esa rebeldía fabulosa que implica decir sin decir confiando en que del otro lado asentirán porque sí, la cosa estuvo ahí, se transmitió lo callado. Todo cuento persigue una mitología sin que –la autora en este caso– acuda a la señalización explícita de ella. Pequeñas circunstancias que hablan de todos sin nombrarnos y que hablan de nuestros lugares sin expropiarnos. Siempre creí que a la literatura se le debe faltar el respeto, y creo importantísimo para ello que la cuestión se centra en saber que uno es un escritor de su tiempo, sea cual sea el tiempo que el espíritu del autor crea que posee. Anahí me llevó por campings, correos, islas, caminos perdidos: todas alrededor de vínculos espontáneos o putrefactos, a punto de morir, de camuflarse o de reformularse. Principios y finales en las vidas de personas que actúan delante de nuestros ojos y que, en el raid, pasan de largo.

Criaturas, Alto Pogo, 2018.

Contratapa de Yair Magrino.

Los cuentos que componen Criaturas están construidos sobre el extrañamiento. Un extrañamiento que se manifiesta de un modo sutil. Anahí Flores desliza pistas, como finas estocadas, que transforman las presunciones del lector. ¿Y qué más fascinante que la duda sobre nuestros paradigmas y, en definitiva, sobre nosotros mismos? En esa exploración sobre lo extraño, lo fuera de lugar, la autora nos enfrenta a escenarios en los que la tensión alcanza el paroxismo. Nos interpela desde la incomodidad de situaciones dislocadas que nos recuerdan la sucesión de acontecimientos oníricos de las mejores obras de Alfred Jarry, una vorágine hipnótica en la que no hay lugares seguros. Todo debe ser repensado a la luz de lo imprevisible, de la aparición de elementos que rozan lo fantástico. En estas Criaturas de Anahí Flores resuenan Sara Gallardo, J.D. Salinger, Inés Garland. Criaturas que nos muestran los dientes o nos exponen ante la inocencia y la ternura. Y, sobre todo, que nos sorprenden desde ángulos impensados.

Todo lo que Roberta quiere, Textos Intrusos, 2013

Algunas cosas que Roberta quiere, prólogo de Ariel Bermani

Roberta quiere respirar el aire de montaña. Quiere caminar durante todo el día, atravesando los caminos que van desde la tierra al cielo. O, para decirlo de otra manera, de un modo más sutil, desde el pie hasta la cima de la montaña. Roberta quiere conversar con sus ocasionales compañeros de ruta y, por supuesto, conversar también con el compañero que eligió para todos sus días. Dormir con él. Despertarse con él. Subir, con él, por los peldaños, por los pliegues, y sentir, en el paladar, el sabor de la aventura. A diferencia de Bertold Brecht, Roberta no piensa que, si consideramos los obstáculos, la distancia más corta entre dos puntos puede ser la línea sinuosa. En su camino de ascenso por la montaña los obstáculos no tienen importancia. O tienen una importancia menor. Detrás de Roberta está Anahí Flores, la autora de estos relatos de andinistas que nos seducen y nos invitan a leer, de punta a punta, el libro entero, deslizándonos entre los cuentos, sin interrupciones. La prosa de Anahí se caracteriza, entre otras cosas, por generar una sensación de bienestar. Un interesante plan de lectura, que también es, en definitiva, un plan -un proyecto, un desafío- de vida. Entre tanta inestabilidad a la que estamos acostumbrados y esa sensación de asunto provisorio que tiene la realidad, la escritura de Anahí Flores y, en este caso, su alter ego de la montaña, Roberta, nos brinda la posibilidad de conocer un conjunto de personajes felices.

Infantil

El crujido de las hojas,
edición de las autoras, con ilustraciones bordadas de Patricia Weber.

Contratapa de Franco Vaccarini

Sofía no para de soñar y de olvidar. Cada mañana abre los ojos y las imágenes se esfuman. Como una buena investigadora, decide mantenerse despierta mientras sueña. El plan es sencillo y ambicioso: traer una prueba. Un recuerdo. No será fácil torcer la voluntad de una niña sin miedo a visitar, en estado de vigilia, regiones desconocidas. Pero no irá sola: el lector, cautivado por la cadencia embrujadora de las palabras, viajará con ella. El crujido de las hojas es un sueño hecho cuento que no se dejará olvidar.

Compilaciones

Basura, Desde la gente, 2020.

Contratapa de Carlos Chernov

“Si está en el piso es basura”, dice en uno de los cuentos una madre desbordada por la cantidad de hijos. Me recuerda una definición clásica de basura: materia en el lugar equivocado. Los carteles con los que uno se topa en los parques nacionales lo confirman: “Esta montaña no necesita nada de lo que usted trae”. Por el contrario, aunque el estiércol sea algo sucio, esparcido en un campo de cultivo no se le considera basura. Como todas las reglas, esta definición tiene sus excepciones: un diamante en un tacho de basura ¿es basura? En un cuento la acumulación de residuos demanda trucos ingeniosos para desprenderse de ellos. En otro, una púber hace una rabieta porque no le permiten ver el resultado de una competencia de juntar basura en la playa. A veces la basura es metáfora de un derrumbe. Una montaña de cajas llenas de cosas inútiles habla de la agonía de un amor en decadencia; una separación puede reducir una vida a escombros. No solo las cosas, también las personas pueden convertirse en basura. En uno de los relatos una mujer frustrada se defiende: “Mi vida no fue un desperdicio”. En otro, una joven rechaza una situación erótica no deseada para no transformarse en un desecho.

Bailarinas, Desde la Gente, 2018.

Contratapa de Elvio E. Gandolfo

En general cuando se trata de ballet uno convoca imágenes de cuerpos en el aire, de saltos difíciles, de puntas de pie, de música clásica o moderna generalmente culta, de belleza. Pero en estos diez cuentos los autores se internan sobre todo en las academias, en los ensayos, en los rencores de hermanas o amigas, en las envidias, en las tensiones de los músculos, del cuerpo. La mallas y zapatillas no sólo encierran carne de bailarinas: también una hoja de afeitar, o vidrio molido. Una bailarina triunfal se retira a los 39 años, otra mujer, que ha dejado atrás sus ilusiones, se sienta en una plaza y descubre que a ella también la alcanzó, tal vez más duramente, el Tiempo. El lenguaje hablado es variado, incluso vulgar, agresivo, supuestamente canchero. A medida que la lectura avanza uno descubre no sólo que escribir de ballet también es escribir sobre el mundo. Ocurre que eso, que es un arte, también tiene mucho de deporte de riesgo. Son cuentos de bailarinas, sí, pero también podrían ser, por la intensidad y la violencia, desplegada o reprimida, cuentos de boxeo.